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miércoles, 27 de enero de 2016

La parábola de la vida




La próxima visita del papa Francisco a México, del 12 al 17 de febrero, se espera será todo un revulsivo para una sociedad descompuesta y un país urgido de paz social. Hace unos días entrevisté a don José María del Corral, director mundial de Scholas Occurrentes, se trata de una  de las personas más cercanas a su Santidad.

A lo largo de estos días he meditado en una serie de reflexiones, sobre todo después de la experiencia de atestiguar una dinámica de Scholas Ciudadanía con un nutrido grupo de jóvenes madrileños, pienso que la desesperanza es un dique para el ser humano que le corta las alas... le mina en su búsqueda de sentido.

La vida por origen y por final es una constante dialéctica en busca de sentido; y la fe, es un abrigo e inclusive una luz en medio de la oscuridad y no se trata de volverte fanático, ni monja carmelita o de las enclaustradas,  ni llevar a cuestas una pesada Tabula rasa de  la perfección.

Los vínculos espirituales que el ser humano teje con sus creencias  se trasladan de forma material en su diario vivir y para mí no hay  mayor remanso de paz que mi oración cotidiana, que ir a misa y escuchar el Evangelio así como regalarme momentos de retroalimentación espiritual con Dios.

No quiero la perfección como ser humano pero sí ser una mejor persona y mi búsqueda  me lleva a la congruencia que implica la  pirámide del todo:  del equilibrio emocional, espiritual, personal y profesional.

La congruencia que proporciona hacer lo que dices y viceversa; seguir con unos preceptos ya guiados de la mano por una serie de sencillos y útiles mandamientos que implican no engañar al otro, no dañar al otro, no ser infiel, no  mentir, no traicionar, no desear malsanamente lo que no se tiene; no envidiar. Es decir, ser congruente para mí implica no hacerle a otra persona, lo que no me gustaría que a mí me hicieran. 

Pero además está el cultivar la fe como virtud, practicar mi culto con amor no con esclavitud ni con moralina; ser ejemplo de bien no de lo contrario. Vivir en congruencia implica una armonía inigualable, una paz incomparable, un amor hacia uno mismo que no conoce de soledades más que el detonante de preservar tu autoestima. Una capacidad de abrir las manos e  inclusive dejar ir lo que más quieres y saber que eres inmune  al apego material y  carnal. 

Dios llena los recovecos cuando uno mismo permite que su semilla victoriosa germine y todos los días la cuidamos con perseverancia, tenacidad y orgullo. Uno no puede presumir de ser vegetariano y comer carne todos los días. La congruencia es una basamento fundamental en el sendero para encontrar el Yo.


El día de hoy en misa, precisamente el padre nos leyó un versículo del Evangelio según San Marcos relacionado con las  parábolas de Jesús y las semillas, no todas,  germinan con su palabra.



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