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miércoles, 25 de mayo de 2016

MONSANTO, NADA DE SANTO









POR LA ESPIRAL 
Claudia Luna Palencia
@claudialunapale

-Monsanto, nada de santo


Novecento, esa película magistral de Bernardo Bertolucci, ha sido significativamente útil para explicar el impacto provocado por la Revolución Industrial y la introducción de la maquinaria en el campo que terminó desplazando a buena parte de la fuerza de trabajo agrícola. 

Esa etapa de un capitalismo embrionario ocasionó una larga serie de transformaciones socioeconómicas y políticas lubricadas al calor de cada nueva fase alcanzada por el actual modo de producción dominante.

Somos como sociedad, tanto productora como consumidora, la expresión del capitalismo en ciernes; basta con otear los datos estadísticos y gráficos acerca de cómo se ha trastocado la locomotora de la producción.

Hace cien años, en cualesquiera de los países más o menos desarrollados, el centro de mando de la locomotora lo era el sector primario de la producción conformado básicamente por las actividades agrícolas, ganaderas, silvícolas y pesqueras. No añadía ningún valor agregado. 

El sector secundario atañe a la transformación del producto, su paso por un proceso de industrialización, las fábricas y la actividad empresarial, con un consecuente valor añadido.

Mientras que el sector terciario refiere a los servicios tangibles e intangibles porque ahora la red más universal de todas ofrece servicios a través de una pantalla.

Pues bien esa locomotora tenía al sector primario como eje del tren, no obstante, un siglo después constatamos que lo que en antaño era la clave del equilibrio se ubica actualmente en el cabús. 

Es decir, la locomotora está trastocada el vagón que dirige a ciegas es el sector servicios, seguido por las actividades secundarias mientras que las primarias cada día se achican más aquejadas por una multiplicidad de factores.

No es únicamente su vulnerabilidad ante cualquier cambio tecnológico ni el éxodo del campo a la ciudad también la piel sensible la tiene respecto a los avances alcanzados por la ciencia en todos los órdenes.

Por ejemplo, los transgénicos, su impacto ha propiciado igualmente toda una sacudida interna en las formas de producción del campo y también nos subsume al dilema ético y moral de qué producir y cómo producirlo. 

Ya de sus efectos en la salud no hablamos porque desde mediados de la década de los 1980 comenzaron a dar frutos los experimentos con cultivos genéticamente modificados, y ahora es lo más común, casi el pan nuestro de cada día: los cultivos transgénicos están desplazando a los ordinarios.

Nada más que la diferencia entre los primeros y los segundos es equidistante, los signos de los tiempos, otro rostro del capitalismo voraz. Porque en los transgénicos reinan los grandes laboratorios y empresas transnacionales, y en lo tradicional, simple y llanamente nuestros campesinos.
A COLACIÓN
La noticia menos esperada tiene que ver con Monsanto, la poderosa multinacional estadounidense que va levantando ámpulas a diestra y siniestra por todo el planeta, por  sus cultivos alterados.

¿La nueva? Tiene que ver con que Bayer, sí el  gigante farmacéutico alemán recientemente ofreció 62 mil millones de dólares por hacerse del control de Monsanto una cifra que de tajo fue rechazada bajo el pretexto de que... vale mucho más!!!

Esta es una operación que, de consolidarse, es mucho más importante de lo que ahora mismo atisbamos porque la farmacéutica germana -de concretarse el negocio- controlaría además de los pesticidas lo haría con las semillas genéticamente alteradas. Es decir, todo un hit. 

No sé cuanto éticamente es posible este hipotético acuerdo de compra, porque hasta el momento Monsanto es quien se resiste a ello... empero me pregunto si alguien moralmente correcto se ha cuestionado en el impacto inmediato de dicha operación. ¡Ya no entiendo al mundo!!!









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